Premios Nobel: lo llamaban “El mercader de la muerte» pero una última desición logró cambiar su imagen
En medio de la temporada de entrega de las distinciones más famosas, un viaje al pasado para conocer su origen y la vida de su creador
¿Cómo quisieras ser recordado? Pudo haber sido, tranquilamente, la pregunta que atormentó a Alfred Nobel cuando leyó su propio obituario en 1888. El titular fue lapidario: “El mercader de la muerte ha muerto”, la frase resume el juicio que la historia ya había dictado sobre él: el hombre que convirtió la nitroglicerina en dinamita y la dinamita en fortuna.
Nobel no nació villano. Fue un genio de la ingeniería, hijo de otro inventor exitoso, educado en los idiomas, la ciencia y la industria. Pero como muchos hombres de su época —y también de la nuestra—, confundió el avance técnico con el progreso humano. Creyó que todo descubrimiento era noble solo porque era útil, y no porque fuera justo.
Su invento, la dinamita, fue el instrumento que partió montañas, abrió túneles y extendió el ferrocarril por el mundo industrializado. Pero también fue la herramienta que multiplicó el poder destructivo de las guerras modernas. Mientras Europa celebraba sus logros científicos, los imperios se alistaban para medir su fuerza en trincheras. Y en medio de todo, un sueco enriquecido por la explosión, literalmente, del siglo XIX.
A Nobel lo admiraban los empresarios y lo condenaban los pacifistas. Lo llamaron “el mercader de la muerte”, título que lo persiguió más allá de su laboratorio y sus fábricas. Compró la empresa Bofors, fabricante de cañones, y su nombre se asoció inevitablemente con la violencia que ayudó a perfeccionar. Pero lo que no pudo comprar fue tranquilidad moral.
Dicen que fue la condesa Bertha von Suttner —una mujer lúcida y crítica de la carrera armamentista— quien sembró en él la idea de que el verdadero legado de un hombre no está en lo que produce, sino en lo que repara. Desde entonces, Nobel comenzó a pensar en cómo revertir su imagen pública. Su fortuna era inmensa, pero su conciencia pesaba más.
Y así, en un gesto que algunos interpretan como redención y otros como marketing póstumo, dejó escrito en su testamento que su herencia se destinaría a premiar a quienes “hayan hecho el mayor beneficio a la humanidad”. Los Premios Nobel nacieron del remordimiento de un inventor que entendió que la fama y el dinero no alcanzan para limpiar la memoria.
Pero la historia no termina ahí. Más de un siglo después, el apellido Nobel sigue simbolizando el reconocimiento global a la virtud, la ciencia y la paz. Sin embargo, detrás del brillo del galardón, se esconde una paradoja: el premio más respetado del mundo fue fundado por quien revolucionó la industria bélica. Un hombre que, para ser recordado como benefactor, tuvo que gastar su fortuna en limpiar el desastre que él mismo ayudó a construir.
El caso de Alfred Nobel no es una anécdota antigua, sino un espejo vigente. También hoy abundan los “Nobel” modernos: empresarios que devastan ecosistemas, evaden impuestos o manipulan gobiernos, pero que luego financian fundaciones, campañas o premios para disfrazar de filantropía lo que es, en esencia, el intento de comprar absolución moral.
La última voluntad de Alfred Nobel
Con las patentes de sus inventos, empresas e inversiones en pozos petrolíferos, llegó a tener una de las fortunas más importantes de aquellos tiempos, pero pensaba que “no es suficiente ser digno de respeto para ser respetado”. Y en esa reflexión está la explicación de su decisión radical.
Luego de varios cambios, en noviembre de 1895, un año antes de su muerte, redactó su último testamento en el Club Sueco-Noruego de París. Allí dispuso que con su fortuna se crearía un fondo para premiar a los mejores exponentes en la Física, Literatura, Fisiología o Medicina, Química y de Paz. Ulteriormente, en su memoria, se crearía el Premio del Banco de Suecia en Ciencias Económicas, que no es propiamente un Nobel, sino una distinción en honor a su creador.

“La totalidad de lo que queda de mi fortuna quedará dispuesta del modo siguiente: el capital, invertido en valores seguros por mis testamentarios, constituirá un fondo cuyos intereses serán distribuidos cada año en forma de premios entre aquellos que durante el año precedente hayan realizado el mayor beneficio a la humanidad. Dichos intereses se dividirán en cinco partes iguales, que serán repartidas de la siguiente manera:
Una parte a la persona que haya hecho el descubrimiento o el invento más importante dentro del campo de la Física.
Una parte a la persona que haya realizado el descubrimiento o mejora más importante dentro de la Química.
Una parte a la persona que haya hecho el descubrimiento más importante dentro del campo de la Fisiología y la Medicina.
Una parte a la persona que haya producido la obra más sobresaliente de tendencia idealista dentro del campo de la Literatura.
Una parte a la persona que haya trabajado más o mejor en favor de la fraternidad entre las naciones, la abolición o reducción de los ejércitos existentes y la celebración y promoción de procesos de paz.
Los premios para la Física y la Química serán otorgados por la Academia Sueca de las Ciencias, el de Fisiología y Medicina será concedido por el Instituto Karolinska de Estocolmo, el de Literatura, por la Academia de Estocolmo, y el de los defensores de la paz por un comité formado por cinco personas elegidas por el Parlamento noruego.
Es mi expreso deseo que, al otorgar estos premios, no se tenga en consideración la nacionalidad de los candidatos, sino que sean los más merecedores los que reciban el premio, sean escandinavos o no”.
Porque no todo es como nos hacen creer. La historia, escrita por los vencedores, tiende a embellecer las manos que un día mancharon la tierra o la sangre. Nobel, el inventor de la dinamita, se transformó en símbolo de la paz. Como tantos otros, entendió que el relato es más poderoso que la realidad… y que quien controla la narrativa, controla la memoria.
Hoy, en México, en tiempos de la Cuarta Transformación, esa lección resuena con fuerza. El país busca romper con la idea de que el poder económico puede dictar la moral pública. Que los privilegios de unos pocos pueden comprarse con donaciones o premios mientras millones viven la desigualdad. Nobel quiso ser recordado por sus premios, no por sus explosivos. Pero los pueblos, cuando despiertan, aprenden a mirar más allá del mito.
Al final, su vida nos deja una pregunta que trasciende siglos y fronteras: ¿quién escribe la historia —los que la transforman, o los que la compran?

