PRI se desangra: pierde un tercio de su militancia en menos de tres años
El PRI, que durante décadas fue columna vertebral del sistema político mexicano, atraviesa una de sus peores crisis de representación y estructura territorial, tras perder cerca de un tercio de su padrón en menos de tres años.
De acuerdo con datos del Instituto Nacional Electoral (INE) citados en investigaciones recientes, el Partido Revolucionario Institucional pasó de 1,411,889 afiliados en agosto de 2023 a 911,069 militantes a inicios de 2026, lo que implica la baja de alrededor de 500,000 personas registradas formalmente. Esta reducción se refleja en prácticamente todo el país y confirma una caída sostenida en la fuerza orgánica del tricolor desde el fin de su último gobierno federal.
El desplome es especialmente visible en estados donde el PRI fue, por décadas, sinónimo de poder local y control corporativo de sectores laborales. En Baja California Sur apenas conserva 798 afiliados, pese a que ahí fue un referente ligado al sector turístico, mientras que en zonas industriales de Morelos sólo suma 725 militantes registrados, cifras mínimas frente a su peso histórico reciente. En contraste, aún mantiene núcleos relevantes en entidades como Coahuila, con 167,458 afiliados, y el Estado de México, con 233,031 militantes, que funcionan como sus últimos bastiones numéricos significativos.
Los reportes del propio INE muestran que el PRI ya había reducido drásticamente su padrón desde 2018, al pasar de 6.7 millones de militantes a 1.4 millones antes del actual recorte, lo que implica que hoy conserva apenas una quinta parte de la militancia que decía tener antes de la elección presidencial de ese año. Este achicamiento ha encendido alarmas internas, pues un padrón más reducido pone en entredicho su capacidad de movilización, de reclutamiento de cuadros y, a mediano plazo, incluso su margen de seguridad para cumplir los requisitos de registro en escenarios electorales adversos.
En el discurso público, la dirigencia priista ha atribuido parte de la caída a presuntas presiones políticas y a un ambiente hostil en contra de sus militantes, mientras anuncia campañas de re-afiliación apoyadas en herramientas digitales para “reconstruir” su base social. Sin embargo, los datos del INE y los patrones de declive en varias entidades sugieren un desgaste más profundo, asociado tanto a la pérdida de gobiernos como al distanciamiento ciudadano respecto de las prácticas y símbolos del viejo régimen.
Análisis 4T
La contracción del padrón del PRI no es sólo un dato administrativo: es el reflejo de la erosión de un aparato político que durante décadas operó como eje del viejo régimen, basado en el control corporativo, la intermediación de derechos y el sometimiento de la vida pública a élites partidistas. Que hoy el tricolor pierda a un tercio de sus afiliados en menos de tres años revela no sólo debilidad interna, sino también una ruptura progresiva entre amplios sectores sociales y las estructuras tradicionales de poder.
Desde la mirada de la Cuarta Transformación, esta caída puede leerse como el desenlace lógico de un modelo que subordinó el interés nacional a pactos cupulares, privatizaciones y acuerdos con poderes fácticos. El declive en lugares que fueron bastiones —como Baja California Sur o Morelos— indica que, allí donde el PRI se sostenía sobre relaciones clientelares, la ciudadanía está dejando de validar esas formas de control político.
Que Coahuila y el Estado de México aún concentren buena parte de su militancia muestra que persisten enclaves donde las inercias del viejo régimen siguen vivas, pero cada vez más cuestionadas por nuevas mayorías electorales y por la exigencia de un Estado que responda directamente al pueblo, y no a estructuras partidistas cerradas. Para la 4T, el retroceso priista abre espacio para profundizar una agenda de justicia social, soberanía y fortalecimiento del sector público, siempre que se evite reproducir las mismas prácticas corporativas que hoy llevaron al PRI a su crisis.
El reto de fondo es que la transformación no se limite a un relevo de siglas, sino que consolide nuevas formas de organización política, más transparentes, participativas y cercanas a la gente. Si el viejo partido de Estado se reduce a una fuerza marginal, pero las viejas lógicas de captura del poder sobreviven en otras estructuras, la oportunidad histórica de cambiar el régimen quedaría incompleta; por ello, el desmantelamiento del viejo sistema partidista debe acompañarse de instituciones sólidas, derechos garantizados y una ciudadanía organizada que defienda, día a día, las conquistas de la Cuarta Transformación.
